Después de cruzar la frontera con Estonia las poblaciones se hacen más pequeñas y distantes entre sí, mientras los bosques van abrazando la fina línea de asfalto que conecta ambas capitales. Cuando llego finalmente a Tallin, 300 km al norte de Riga, y a orillas del Golfo de Finlandia, se respira un aire diferente. El azul resplandeciente del cielo es típico de los países escandinavos y el día parece no tener fin, con un sol que brilla hasta bien entrada la noche.
Al contrario que Riga y Vilnius, mucho más emparentadas con el centro de Europa, Tallin mira hacia Finlandia con la que comparte raíces culturales y lingüísticas. Sin embargo su origen es más bien germánico. Conocida con el nombre de Reval hasta principios del siglo XX, Riga debe su existencia a los alemanes, que la convirtieron en un importante puerto dentro de la Liga Hanseática, mientras que los estonios vivían principalmente en entornos rurales.
La ciudad pasó a manos rusas en el 1710 cuando las tropas del zar Pedro el Grande la conquistaron a los suecos, que la poseían desde 1561. La industrialización durante el siglo XIX atrajo a trabajadores rusos, pero sobre todo a estonios provenientes de zonas agrícolas que hicieron que su porcentaje aumentara en detrimento de la población alemana, mayoritaria hasta entonces. Tras la independencia en 1991, se decidió apostar por la liberalización y modernización de la economía, lo que convirtió a Estonia en el más desarrollado de los tres nuevos estados bálticos y a Tallin, en la capital más dinámica.